El Extraño Caso de D.B. Cooper y el FBI
El 24 de noviembre de 1971, un hombre que utilizó el nombre de **Dan Cooper** abordó un avión comercial en Portland, Oregon. Horas después, había conseguido 200.000 dólares, cuatro paracaídas y una oportunidad para desaparecer. Saltó desde el avión durante la noche y nunca volvió a ser encontrado.
Más de medio siglo después, su verdadera identidad y su destino continúan sin una respuesta definitiva. El caso se convirtió en uno de los grandes misterios criminales de Estados Unidos, no solamente por la audacia del secuestro, sino porque, a pesar de una investigación que se prolongó durante décadas, las autoridades nunca pudieron establecer con certeza quién era aquel hombre ni qué ocurrió después de que abandonara el avión.
El hombre llamado Dan Cooper
La historia comenzó la tarde del 24 de noviembre de 1971, cuando un hombre llegó al aeropuerto de Portland, Oregon, y compró en efectivo un boleto de ida para el vuelo 305 de Northwest Orient Airlines con destino a Seattle. El nombre utilizado para adquirir el pasaje fue Dan Cooper.
El avión era un Boeing 727 que transportaba 36 pasajeros, además de la tripulación. Los testigos describieron posteriormente a Cooper como un hombre de aproximadamente cuarenta años, de complexión media y vestido de manera formal, con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. A primera vista no había nada especialmente llamativo en él, y nadie podía imaginar que aquel pasajero estaba a punto de protagonizar uno de los secuestros aéreos más conocidos de la historia estadounidense.
Poco después del despegue, Cooper entregó una nota a una de las auxiliares de vuelo. En ella afirmaba que tenía una bomba y solicitaba hablar con ella. Cuando la auxiliar se acercó, Cooper abrió un maletín para mostrarle lo que parecía ser un artefacto explosivo compuesto por cables y cilindros.
Nunca se pudo establecer de manera definitiva si aquel dispositivo era realmente una bomba funcional. Sin embargo, la tripulación no tenía forma de saberlo en ese momento y decidió tratar la amenaza como auténtica.
Una amenaza de bomba y cuatro paracaídas
Las exigencias de Cooper eran concretas. Quería 200.000 dólares en billetes de 20 dólares, además de cuatro paracaídas.
La petición de cuatro paracaídas llamó posteriormente la atención de los investigadores. Si pretendía escapar solo, en principio no necesitaba tantos. Una posible explicación es que quería impedir que las autoridades supieran cuál utilizaría, mientras que otra plantea que quizá pretendía conservar la posibilidad de llevar consigo a otra persona. Sin embargo, ninguna de estas interpretaciones ha podido demostrarse.
Lo que sí está documentado es que las autoridades aceptaron sus condiciones. Mientras el avión continuaba hacia Seattle, comenzaron los preparativos para entregar el dinero y los paracaídas solicitados.
Los 200 000 dólares fueron reunidos en billetes de 20 y sus números de serie fueron registrados antes de ser entregados. Este detalle, que en ese momento formaba parte de las medidas habituales de investigación, terminaría convirtiéndose en una de las piezas más importantes del caso.
El aterrizaje en Seattle
Cuando el avión llegó a Seattle, Cooper recibió el dinero y los cuatro paracaídas. A cambio, permitió que los 36 pasajeros abandonaran el avión.
Esta decisión resulta importante para entender lo que estaba intentando conseguir. Cooper no parecía interesado en mantener indefinidamente el control de un grupo de rehenes. Su objetivo era utilizar el avión como medio de escape y reducir el número de personas que permanecían a bordo.
Después de que los pasajeros descendieran, el avión volvió a despegar. Cooper permaneció en el interior junto con parte de la tripulación y dio nuevas instrucciones para el siguiente tramo del vuelo.
El segundo vuelo
La segunda parte del secuestro fue todavía más arriesgada. Cooper quería que el avión continuara hacia el sur y estableció determinadas condiciones de vuelo relacionadas con la velocidad, la altitud y la configuración de la aeronave. El Boeing 727 poseía una característica que resultaría fundamental para su plan: una escalera trasera que podía desplegarse durante el vuelo. Cooper pretendía utilizarla para abandonar el avión.
Mientras el Boeing avanzaba durante la noche, Cooper permaneció en la parte trasera de la aeronave y se preparó para realizar el salto. La tripulación continuó siguiendo sus instrucciones mientras intentaba mantener el control de la situación. En algún momento de ese segundo vuelo, la escalera trasera fue abierta. Los instrumentos de la cabina permitieron a la tripulación detectar que algo estaba ocurriendo, pero Cooper ya no respondió cuando intentaron comunicarse con él. El avión continuó su trayectoria.
Cuando finalmente aterrizó en Reno, Nevada, la escalera trasera estaba abierta, pero Cooper había desaparecido. También habían desaparecido los 200.000 dólares y uno de los paracaídas. El hombre que había comprado el boleto bajo el nombre Dan Cooper ya no estaba a bordo.
La búsqueda
La desaparición desencadenó una enorme investigación. El FBI, junto con otras autoridades, comenzó a buscar al secuestrador en una extensa región del noroeste de Estados Unidos. Sin embargo, existía un problema fundamental: nadie sabía exactamente dónde había aterrizado. Cooper había saltado durante la noche, bajo condiciones meteorológicas desfavorables y sobre una región que incluía bosques, ríos y terrenos difíciles. Por ello, los investigadores tuvieron que reconstruir la trayectoria del avión y calcular una posible zona de salto utilizando datos como la velocidad, la altitud, el viento y el momento aproximado en que la escalera había sido abierta. Se realizaron búsquedas terrestres y aéreas, pero no apareció ningún cuerpo ni una evidencia concluyente que permitiera determinar qué había ocurrido con él.
El dinero que podía identificarlo
La investigación contaba, sin embargo, con una ventaja importante. Los números de serie de los billetes entregados a Cooper habían sido registrados. Los 200.000 dólares estaban compuestos por 10.000 billetes de 20 dólares. Si alguno de ellos aparecía posteriormente, las autoridades podían comprobar si pertenecía al dinero utilizado en el secuestro. Durante años, prácticamente ninguno apareció. Esta circunstancia planteó una de las grandes preguntas del caso. Si Cooper había sobrevivido y conseguido escapar con el dinero, ¿por qué no aparecían los billetes? Y si había muerto durante el salto, ¿dónde estaba el dinero?
La investigación permaneció estancada durante años hasta que, casi una década después del secuestro, apareció una pista inesperada.
El hallazgo de Tena Bar
En febrero de 1980, un niño llamado Brian Ingram estaba jugando junto al río Columbia, en una zona conocida como Tena Bar, cuando encontró varios paquetes de dinero parcialmente enterrados en la arena. Las autoridades examinaron los billetes y compararon sus números de serie con los registros del rescate. La coincidencia confirmó que formaban parte del dinero entregado a Cooper. En total se recuperaron aproximadamente **5.800 dólares**, correspondientes a 290 billetes de 20 dólares.
El hallazgo constituyó la primera evidencia física descubierta desde la desaparición que podía relacionarse directamente con el dinero del secuestro. Sin embargo, en lugar de resolver el misterio, abrió nuevas preguntas.
¿Cómo había llegado aquel dinero hasta Tena Bar? ¿Había llegado Cooper hasta esa zona después del salto? ¿El agua había transportado los billetes? ¿Alguien había encontrado el dinero y posteriormente lo había enterrado?
Los investigadores estudiaron diferentes posibilidades, pero nunca consiguieron establecer de forma definitiva cómo habían terminado allí los billetes. Además, quedaba un problema todavía mayor: si esos 5.800 dólares eran parte del rescate, ¿dónde estaban los otros 194.200?
La corbata de Cooper
El dinero no era la única evidencia física que había quedado atrás. Cooper también dejó una corbata negra en el avión.
La prenda fue conservada por los investigadores y posteriormente sometida a diferentes análisis. En ella se encontraron numerosas partículas microscópicas que despertaron interés debido a la naturaleza de algunos de los materiales identificados. La presencia de determinadas partículas llevó a algunos investigadores a considerar que Cooper podía haber trabajado en un entorno industrial o tecnológico. Entre las posibilidades planteadas a lo largo de los años aparecieron sectores relacionados con la fabricación, la ingeniería y la industria aeronáutica. Sin embargo, es importante diferenciar la evidencia de la interpretación. Las partículas encontradas pueden aportar información sobre los lugares en los que una persona pudo haber estado, pero no demuestran por sí mismas cuál era su profesión ni permiten identificarlo.
La corbata sigue siendo una de las pocas piezas físicas directamente asociadas con el secuestrador, pero tampoco proporcionó una respuesta definitiva.
¿Era realmente un experto en paracaidismo?
Uno de los grandes debates que surgieron durante la investigación fue el nivel de experiencia que tenía Cooper con los paracaídas y con la aviación.
Por un lado, su comportamiento durante el secuestro demuestra cierto grado de preparación. Conocía la existencia de la escalera trasera del Boeing 727 y comprendía que podía utilizarla para abandonar la aeronave. También había solicitado varios paracaídas y parecía tener una idea concreta de cómo quería realizar su escape. Por otro, el salto que escogió era extremadamente peligroso. Era de noche, las condiciones meteorológicas eran desfavorables, la temperatura era baja y el terreno situado debajo del avión era difícil. Además, Cooper no llevaba el tipo de equipamiento que normalmente se asociaría con un salto profesional de esas características.
Esto dio lugar a dos interpretaciones principales. Una sostiene que Cooper tenía más experiencia de la que los investigadores pudieron demostrar y que consiguió sobrevivir. La otra considera que pudo haber cometido un error durante el salto y que murió poco después de abandonar el avión.
Richard McCoy: el sospechoso que parecía demasiado parecido
Uno de los nombres más conocidos relacionados con el caso es Richard Floyd McCoy Jr.
En abril de 1972, apenas unos meses después del secuestro de Cooper, McCoy secuestró otro avión. Su método presentaba similitudes extraordinarias: también amenazó con una bomba, exigió dinero, utilizó paracaídas y escapó mediante la escalera trasera de un Boeing 727. Las coincidencias hicieron que McCoy se convirtiera en uno de los principales candidatos para quienes defendían la teoría de que había sido D. B. Cooper. Sin embargo, las autoridades investigaron esta posibilidad y finalmente descartaron a McCoy como responsable del secuestro de noviembre de 1971. Las diferencias físicas señaladas por algunos testigos y otros elementos de la investigación impidieron establecer una conexión concluyente.
Por eso, aunque McCoy sigue siendo uno de los sospechosos más conocidos en la historia del caso, no existe evidencia suficiente para afirmar que fuera Cooper.
Cientos de sospechosos
Durante los años posteriores al secuestro, el FBI recibió una enorme cantidad de información sobre posibles sospechosos. Algunos eran personas que afirmaban reconocer a Cooper, mientras que otros tenían características físicas similares o experiencia militar, aeronáutica o de paracaidismo. También aparecieron individuos que afirmaban ser el propio Cooper. Los investigadores tuvieron que comprobar numerosas pistas, fotografías, testimonios y coartadas. Con el tiempo, la gran mayoría de los sospechosos fueron descartados. El problema era que la descripción física disponible no permitía identificarlo con suficiente precisión. Además, cualquier persona que hubiera conocido el caso podía intentar aprovechar sus características para presentarse como el famoso secuestrador. Ninguno consiguió demostrar de manera convincente que fuera el hombre que había tomado el vuelo 305.
El error que creó el nombre "D. B. Cooper"
Existe, además, una curiosidad histórica que suele pasar desapercibida. El hombre que compró el boleto utilizó el nombre **Dan Cooper, no D. B. Cooper. La denominación "D. B. Cooper" apareció posteriormente debido a un error de los medios de comunicación. Sin embargo, el nombre se popularizó hasta tal punto que terminó convirtiéndose en la forma habitual de referirse al caso. Por eso, aunque hoy prácticamente todo el mundo conoce al secuestrador como D. B. Cooper, el nombre que aparece en el boleto utilizado aquella noche fue Dan Cooper.
¿Murió durante el salto?
La posibilidad de que Cooper muriera durante el salto continúa siendo una de las hipótesis más consideradas. Las condiciones eran extremadamente desfavorables y existen razones para pensar que un salto de esas características podía resultar mortal, especialmente si el secuestrador no poseía una experiencia considerable. Además, existe el problema del dinero. Si Cooper sobrevivió y consiguió escapar con los 200.000 dólares, resulta difícil explicar por qué solamente 5.800 dólares fueron encontrados años después y prácticamente ningún otro billete apareció en circulación.
Sin embargo, la hipótesis de la muerte tampoco tiene una prueba definitiva. Nunca se encontró el cuerpo de Cooper, ni apareció una evidencia inequívoca que demostrara que murió durante el salto. Por esa razón, afirmar que Cooper murió sería ir más allá de lo que permiten las pruebas disponibles. Lo correcto es considerar su muerte como una posibilidad importante, pero no como un hecho demostrado.
¿Sobrevivió y escapó?
La segunda gran posibilidad es que Cooper haya sobrevivido. Esta hipótesis se apoya principalmente en la planificación que mostró durante el secuestro y en el hecho de que nunca apareció su cuerpo. También es posible que poseyera conocimientos sobre paracaidismo que los investigadores no pudieron descubrir. Sin embargo, la teoría enfrenta un problema considerable: el dinero. De los 200.000 dólares entregados, solamente 5.800 fueron recuperados. El resto continúa desaparecido.
Tampoco apareció una evidencia sólida que demostrara que Cooper comenzó una nueva vida bajo otra identidad. A lo largo de las décadas surgieron numerosos hombres señalados como posibles candidatos, pero ninguno pudo ser identificado definitivamente como el secuestrador.
Una investigación que duró 45 años
El FBI mantuvo activa la investigación durante décadas. El expediente acumuló miles de documentos, entrevistas, fotografías, informes y análisis relacionados con el secuestro.
Los investigadores revisaron sospechosos, reconstruyeron el vuelo, estudiaron la evidencia física y siguieron numerosas pistas. Incluso cuando el caso parecía haber llegado a un punto muerto, continuaron examinando nuevas informaciones que aparecían con el paso de los años. Aun así, ninguna permitió establecer definitivamente quién era Cooper.
Finalmente, en julio de 2016, el FBI anunció que dejaría de dedicar recursos activos a la investigación. La decisión no significaba que la agencia hubiera descubierto qué ocurrió con Cooper ni que hubiera demostrado que estaba muerto. Simplemente significaba que, después de 45 años, las numerosas pistas restantes ya no justificaban continuar destinando recursos de investigación al caso.
La evidencia existente quedó conservada y el caso podría volver a adquirir interés si apareciera nueva evidencia física capaz de proporcionar una respuesta.
Un misterio que todavía no tiene respuesta
El caso de D. B. Cooper resulta extraordinario porque no depende únicamente de una leyenda popular. Existe una considerable cantidad de evidencia documental relacionada con el secuestro: el boleto comprado bajo el nombre Dan Cooper, la corbata que dejó en el avión, los registros del dinero, los informes de la tripulación, las investigaciones del FBI y los billetes encontrados años después en Tena Bar. A pesar de todo ello, la pieza fundamental continúa faltando.
Tampoco sabemos con certeza dónde aterrizó después de abandonar el avión ni qué ocurrió con él posteriormente. No sabemos si sobrevivió, si murió durante el salto o si consiguió desaparecer deliberadamente utilizando una nueva identidad.
Lo único que puede afirmarse con seguridad es que, la noche del 24 de noviembre de 1971, un hombre subió a un avión utilizando el nombre Dan Cooper, tomó el control de la situación mediante una amenaza de bomba, consiguió 200.000 dólares y cuatro paracaídas, y posteriormente abandonó el Boeing 727 durante un vuelo nocturno. Después de eso, desapareció.
El FBI dedicó 45 años a intentar descubrir quién era. La investigación terminó sin una identificación definitiva y, más de medio siglo después, el misterio continúa abierto. Quizá Cooper murió aquella noche en algún lugar del noroeste de Estados Unidos y su cuerpo nunca fue encontrado. Quizá sobrevivió y consiguió llevarse consigo el secreto de su identidad. La evidencia disponible no permite elegir una de esas posibilidades con certeza.
Por eso, más de cincuenta años después del secuestro, D. B. Cooper continúa siendo una de las desapariciones criminales más extraordinarias de Estados Unidos: **un hombre cuya identidad sigue siendo desconocida y cuyo destino desapareció junto con él en la oscuridad de aquella noche de noviembre de 1971.
D. B. Cooper: el hombre que secuestró un avión y desapareció sin dejar rastro
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El 24 de noviembre de 1971, un hombre que utilizó el nombre de **Dan Cooper** abordó un avión comercial en Portland, Oregon. Horas después, había conseguido 200.000 dólares, cuatro paracaídas y una oportunidad para desaparecer. Saltó desde el avión durante la noche y nunca volvió a ser encontrado.
Más de medio siglo después, su verdadera identidad y su destino continúan sin una respuesta definitiva. El caso se convirtió en uno de los grandes misterios criminales de Estados Unidos, no solamente por la audacia del secuestro, sino porque, a pesar de una investigación que se prolongó durante décadas, las autoridades nunca pudieron establecer con certeza quién era aquel hombre ni qué ocurrió después de que abandonara el avión.
El hombre llamado Dan Cooper
La historia comenzó la tarde del 24 de noviembre de 1971, cuando un hombre llegó al aeropuerto de Portland, Oregon, y compró en efectivo un boleto de ida para el vuelo 305 de Northwest Orient Airlines con destino a Seattle. El nombre utilizado para adquirir el pasaje fue Dan Cooper.
El avión era un Boeing 727 que transportaba 36 pasajeros, además de la tripulación. Los testigos describieron posteriormente a Cooper como un hombre de aproximadamente cuarenta años, de complexión media y vestido de manera formal, con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. A primera vista no había nada especialmente llamativo en él, y nadie podía imaginar que aquel pasajero estaba a punto de protagonizar uno de los secuestros aéreos más conocidos de la historia estadounidense.
Poco después del despegue, Cooper entregó una nota a una de las auxiliares de vuelo. En ella afirmaba que tenía una bomba y solicitaba hablar con ella. Cuando la auxiliar se acercó, Cooper abrió un maletín para mostrarle lo que parecía ser un artefacto explosivo compuesto por cables y cilindros.
Nunca se pudo establecer de manera definitiva si aquel dispositivo era realmente una bomba funcional. Sin embargo, la tripulación no tenía forma de saberlo en ese momento y decidió tratar la amenaza como auténtica.
Una amenaza de bomba y cuatro paracaídas
Las exigencias de Cooper eran concretas. Quería 200.000 dólares en billetes de 20 dólares, además de cuatro paracaídas.
La petición de cuatro paracaídas llamó posteriormente la atención de los investigadores. Si pretendía escapar solo, en principio no necesitaba tantos. Una posible explicación es que quería impedir que las autoridades supieran cuál utilizaría, mientras que otra plantea que quizá pretendía conservar la posibilidad de llevar consigo a otra persona. Sin embargo, ninguna de estas interpretaciones ha podido demostrarse.
Lo que sí está documentado es que las autoridades aceptaron sus condiciones. Mientras el avión continuaba hacia Seattle, comenzaron los preparativos para entregar el dinero y los paracaídas solicitados.
Los 200 000 dólares fueron reunidos en billetes de 20 y sus números de serie fueron registrados antes de ser entregados. Este detalle, que en ese momento formaba parte de las medidas habituales de investigación, terminaría convirtiéndose en una de las piezas más importantes del caso.
El aterrizaje en Seattle
Cuando el avión llegó a Seattle, Cooper recibió el dinero y los cuatro paracaídas. A cambio, permitió que los 36 pasajeros abandonaran el avión.
Esta decisión resulta importante para entender lo que estaba intentando conseguir. Cooper no parecía interesado en mantener indefinidamente el control de un grupo de rehenes. Su objetivo era utilizar el avión como medio de escape y reducir el número de personas que permanecían a bordo.
Después de que los pasajeros descendieran, el avión volvió a despegar. Cooper permaneció en el interior junto con parte de la tripulación y dio nuevas instrucciones para el siguiente tramo del vuelo.
El segundo vuelo
La segunda parte del secuestro fue todavía más arriesgada. Cooper quería que el avión continuara hacia el sur y estableció determinadas condiciones de vuelo relacionadas con la velocidad, la altitud y la configuración de la aeronave. El Boeing 727 poseía una característica que resultaría fundamental para su plan: una escalera trasera que podía desplegarse durante el vuelo. Cooper pretendía utilizarla para abandonar el avión.
Mientras el Boeing avanzaba durante la noche, Cooper permaneció en la parte trasera de la aeronave y se preparó para realizar el salto. La tripulación continuó siguiendo sus instrucciones mientras intentaba mantener el control de la situación. En algún momento de ese segundo vuelo, la escalera trasera fue abierta. Los instrumentos de la cabina permitieron a la tripulación detectar que algo estaba ocurriendo, pero Cooper ya no respondió cuando intentaron comunicarse con él. El avión continuó su trayectoria.
Cuando finalmente aterrizó en Reno, Nevada, la escalera trasera estaba abierta, pero Cooper había desaparecido. También habían desaparecido los 200.000 dólares y uno de los paracaídas. El hombre que había comprado el boleto bajo el nombre Dan Cooper ya no estaba a bordo.
La búsqueda
La desaparición desencadenó una enorme investigación. El FBI, junto con otras autoridades, comenzó a buscar al secuestrador en una extensa región del noroeste de Estados Unidos. Sin embargo, existía un problema fundamental: nadie sabía exactamente dónde había aterrizado. Cooper había saltado durante la noche, bajo condiciones meteorológicas desfavorables y sobre una región que incluía bosques, ríos y terrenos difíciles. Por ello, los investigadores tuvieron que reconstruir la trayectoria del avión y calcular una posible zona de salto utilizando datos como la velocidad, la altitud, el viento y el momento aproximado en que la escalera había sido abierta. Se realizaron búsquedas terrestres y aéreas, pero no apareció ningún cuerpo ni una evidencia concluyente que permitiera determinar qué había ocurrido con él.
El dinero que podía identificarlo
La investigación contaba, sin embargo, con una ventaja importante. Los números de serie de los billetes entregados a Cooper habían sido registrados. Los 200.000 dólares estaban compuestos por 10.000 billetes de 20 dólares. Si alguno de ellos aparecía posteriormente, las autoridades podían comprobar si pertenecía al dinero utilizado en el secuestro. Durante años, prácticamente ninguno apareció. Esta circunstancia planteó una de las grandes preguntas del caso. Si Cooper había sobrevivido y conseguido escapar con el dinero, ¿por qué no aparecían los billetes? Y si había muerto durante el salto, ¿dónde estaba el dinero?
La investigación permaneció estancada durante años hasta que, casi una década después del secuestro, apareció una pista inesperada.
El hallazgo de Tena Bar
En febrero de 1980, un niño llamado Brian Ingram estaba jugando junto al río Columbia, en una zona conocida como Tena Bar, cuando encontró varios paquetes de dinero parcialmente enterrados en la arena. Las autoridades examinaron los billetes y compararon sus números de serie con los registros del rescate. La coincidencia confirmó que formaban parte del dinero entregado a Cooper. En total se recuperaron aproximadamente **5.800 dólares**, correspondientes a 290 billetes de 20 dólares.
El hallazgo constituyó la primera evidencia física descubierta desde la desaparición que podía relacionarse directamente con el dinero del secuestro. Sin embargo, en lugar de resolver el misterio, abrió nuevas preguntas.
¿Cómo había llegado aquel dinero hasta Tena Bar? ¿Había llegado Cooper hasta esa zona después del salto? ¿El agua había transportado los billetes? ¿Alguien había encontrado el dinero y posteriormente lo había enterrado?
Los investigadores estudiaron diferentes posibilidades, pero nunca consiguieron establecer de forma definitiva cómo habían terminado allí los billetes. Además, quedaba un problema todavía mayor: si esos 5.800 dólares eran parte del rescate, ¿dónde estaban los otros 194.200?
La corbata de Cooper
El dinero no era la única evidencia física que había quedado atrás. Cooper también dejó una corbata negra en el avión.
La prenda fue conservada por los investigadores y posteriormente sometida a diferentes análisis. En ella se encontraron numerosas partículas microscópicas que despertaron interés debido a la naturaleza de algunos de los materiales identificados. La presencia de determinadas partículas llevó a algunos investigadores a considerar que Cooper podía haber trabajado en un entorno industrial o tecnológico. Entre las posibilidades planteadas a lo largo de los años aparecieron sectores relacionados con la fabricación, la ingeniería y la industria aeronáutica. Sin embargo, es importante diferenciar la evidencia de la interpretación. Las partículas encontradas pueden aportar información sobre los lugares en los que una persona pudo haber estado, pero no demuestran por sí mismas cuál era su profesión ni permiten identificarlo.
La corbata sigue siendo una de las pocas piezas físicas directamente asociadas con el secuestrador, pero tampoco proporcionó una respuesta definitiva.
¿Era realmente un experto en paracaidismo?
Uno de los grandes debates que surgieron durante la investigación fue el nivel de experiencia que tenía Cooper con los paracaídas y con la aviación.
Por un lado, su comportamiento durante el secuestro demuestra cierto grado de preparación. Conocía la existencia de la escalera trasera del Boeing 727 y comprendía que podía utilizarla para abandonar la aeronave. También había solicitado varios paracaídas y parecía tener una idea concreta de cómo quería realizar su escape. Por otro, el salto que escogió era extremadamente peligroso. Era de noche, las condiciones meteorológicas eran desfavorables, la temperatura era baja y el terreno situado debajo del avión era difícil. Además, Cooper no llevaba el tipo de equipamiento que normalmente se asociaría con un salto profesional de esas características.
Esto dio lugar a dos interpretaciones principales. Una sostiene que Cooper tenía más experiencia de la que los investigadores pudieron demostrar y que consiguió sobrevivir. La otra considera que pudo haber cometido un error durante el salto y que murió poco después de abandonar el avión.
Richard McCoy: el sospechoso que parecía demasiado parecido
Uno de los nombres más conocidos relacionados con el caso es Richard Floyd McCoy Jr.
En abril de 1972, apenas unos meses después del secuestro de Cooper, McCoy secuestró otro avión. Su método presentaba similitudes extraordinarias: también amenazó con una bomba, exigió dinero, utilizó paracaídas y escapó mediante la escalera trasera de un Boeing 727. Las coincidencias hicieron que McCoy se convirtiera en uno de los principales candidatos para quienes defendían la teoría de que había sido D. B. Cooper. Sin embargo, las autoridades investigaron esta posibilidad y finalmente descartaron a McCoy como responsable del secuestro de noviembre de 1971. Las diferencias físicas señaladas por algunos testigos y otros elementos de la investigación impidieron establecer una conexión concluyente.
Por eso, aunque McCoy sigue siendo uno de los sospechosos más conocidos en la historia del caso, no existe evidencia suficiente para afirmar que fuera Cooper.
Cientos de sospechosos
Durante los años posteriores al secuestro, el FBI recibió una enorme cantidad de información sobre posibles sospechosos. Algunos eran personas que afirmaban reconocer a Cooper, mientras que otros tenían características físicas similares o experiencia militar, aeronáutica o de paracaidismo. También aparecieron individuos que afirmaban ser el propio Cooper. Los investigadores tuvieron que comprobar numerosas pistas, fotografías, testimonios y coartadas. Con el tiempo, la gran mayoría de los sospechosos fueron descartados. El problema era que la descripción física disponible no permitía identificarlo con suficiente precisión. Además, cualquier persona que hubiera conocido el caso podía intentar aprovechar sus características para presentarse como el famoso secuestrador. Ninguno consiguió demostrar de manera convincente que fuera el hombre que había tomado el vuelo 305.
El error que creó el nombre "D. B. Cooper"
Existe, además, una curiosidad histórica que suele pasar desapercibida. El hombre que compró el boleto utilizó el nombre **Dan Cooper, no D. B. Cooper. La denominación "D. B. Cooper" apareció posteriormente debido a un error de los medios de comunicación. Sin embargo, el nombre se popularizó hasta tal punto que terminó convirtiéndose en la forma habitual de referirse al caso. Por eso, aunque hoy prácticamente todo el mundo conoce al secuestrador como D. B. Cooper, el nombre que aparece en el boleto utilizado aquella noche fue Dan Cooper.
¿Murió durante el salto?
La posibilidad de que Cooper muriera durante el salto continúa siendo una de las hipótesis más consideradas. Las condiciones eran extremadamente desfavorables y existen razones para pensar que un salto de esas características podía resultar mortal, especialmente si el secuestrador no poseía una experiencia considerable. Además, existe el problema del dinero. Si Cooper sobrevivió y consiguió escapar con los 200.000 dólares, resulta difícil explicar por qué solamente 5.800 dólares fueron encontrados años después y prácticamente ningún otro billete apareció en circulación.
Sin embargo, la hipótesis de la muerte tampoco tiene una prueba definitiva. Nunca se encontró el cuerpo de Cooper, ni apareció una evidencia inequívoca que demostrara que murió durante el salto. Por esa razón, afirmar que Cooper murió sería ir más allá de lo que permiten las pruebas disponibles. Lo correcto es considerar su muerte como una posibilidad importante, pero no como un hecho demostrado.
¿Sobrevivió y escapó?
La segunda gran posibilidad es que Cooper haya sobrevivido. Esta hipótesis se apoya principalmente en la planificación que mostró durante el secuestro y en el hecho de que nunca apareció su cuerpo. También es posible que poseyera conocimientos sobre paracaidismo que los investigadores no pudieron descubrir. Sin embargo, la teoría enfrenta un problema considerable: el dinero. De los 200.000 dólares entregados, solamente 5.800 fueron recuperados. El resto continúa desaparecido.
Tampoco apareció una evidencia sólida que demostrara que Cooper comenzó una nueva vida bajo otra identidad. A lo largo de las décadas surgieron numerosos hombres señalados como posibles candidatos, pero ninguno pudo ser identificado definitivamente como el secuestrador.
Una investigación que duró 45 años
El FBI mantuvo activa la investigación durante décadas. El expediente acumuló miles de documentos, entrevistas, fotografías, informes y análisis relacionados con el secuestro.
Los investigadores revisaron sospechosos, reconstruyeron el vuelo, estudiaron la evidencia física y siguieron numerosas pistas. Incluso cuando el caso parecía haber llegado a un punto muerto, continuaron examinando nuevas informaciones que aparecían con el paso de los años. Aun así, ninguna permitió establecer definitivamente quién era Cooper.
Finalmente, en julio de 2016, el FBI anunció que dejaría de dedicar recursos activos a la investigación. La decisión no significaba que la agencia hubiera descubierto qué ocurrió con Cooper ni que hubiera demostrado que estaba muerto. Simplemente significaba que, después de 45 años, las numerosas pistas restantes ya no justificaban continuar destinando recursos de investigación al caso.
La evidencia existente quedó conservada y el caso podría volver a adquirir interés si apareciera nueva evidencia física capaz de proporcionar una respuesta.
Un misterio que todavía no tiene respuesta
El caso de D. B. Cooper resulta extraordinario porque no depende únicamente de una leyenda popular. Existe una considerable cantidad de evidencia documental relacionada con el secuestro: el boleto comprado bajo el nombre Dan Cooper, la corbata que dejó en el avión, los registros del dinero, los informes de la tripulación, las investigaciones del FBI y los billetes encontrados años después en Tena Bar. A pesar de todo ello, la pieza fundamental continúa faltando.
Tampoco sabemos con certeza dónde aterrizó después de abandonar el avión ni qué ocurrió con él posteriormente. No sabemos si sobrevivió, si murió durante el salto o si consiguió desaparecer deliberadamente utilizando una nueva identidad.
Lo único que puede afirmarse con seguridad es que, la noche del 24 de noviembre de 1971, un hombre subió a un avión utilizando el nombre Dan Cooper, tomó el control de la situación mediante una amenaza de bomba, consiguió 200.000 dólares y cuatro paracaídas, y posteriormente abandonó el Boeing 727 durante un vuelo nocturno. Después de eso, desapareció.
El FBI dedicó 45 años a intentar descubrir quién era. La investigación terminó sin una identificación definitiva y, más de medio siglo después, el misterio continúa abierto. Quizá Cooper murió aquella noche en algún lugar del noroeste de Estados Unidos y su cuerpo nunca fue encontrado. Quizá sobrevivió y consiguió llevarse consigo el secreto de su identidad. La evidencia disponible no permite elegir una de esas posibilidades con certeza.
Por eso, más de cincuenta años después del secuestro, D. B. Cooper continúa siendo una de las desapariciones criminales más extraordinarias de Estados Unidos: **un hombre cuya identidad sigue siendo desconocida y cuyo destino desapareció junto con él en la oscuridad de aquella noche de noviembre de 1971.
D. B. Cooper: el hombre que secuestró un avión y desapareció sin dejar rastro
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